bueno, hay opiniones

la cita es larga, quizá demasiado, pero me parece que tiene que ver con esta eterna disputa entre razón y sentimiento; ahí va


...

—Volviendo al asunto: como te decía, no es inteligente asentar un diálogo sobre una premisa falsa, y menos ajena; ya sabes, el placer y demás.
Nos encogemos de hombros, qué otra cosa: sea cualquiera nuestra disposición, él va a decir lo que se propone y va a hacerlo a costa de todo. De modo que adelante, y terminar pronto, cuanto antes mejor.
—¿Qué premisa, qué placer? —concedemos con resignación, con fatiga.
—La premisa de que el placer es irracional, o debería serlo, ¿recuerdas?: un fulano no se pregunta por qué la brisa lo complace...
—¿Y qué con eso?
—Pues que yo enuncié y tú aceptaste.
—¿Acepté?
—Sí, o al menos proseguiste con el curso de tus argumentos, de lo que se desprende que lo diste por bueno.
—¿Y qué?
—¿Cómo que y qué?
—Sí, Gregorio, ¿y qué?, ¿qué con eso?
—Pues que es falso: pocas cosas tan racionales como el placer, ningún método satisfactorio de procurárselo que no incluya saber a qué responde y cómo se verifica, y ningún disfrute mayor que el de quien conoce su verdadera naturaleza.
Lo miramos, despacio, de arriba abajo, ¿diremos hartos? Lo cierto es que logramos contenernos, a costa de un gran esfuerzo, pero lo logramos. En su lugar, un reproche, una mueca de disgusto: nos parece suficiente:
—Gregorio, por los dioses, hoy no es ayer, hoy sólo pretendemos tomar un café.
—¿Y quién te lo impide?
Aquello excede lo tolerable. Aun así, mantenemos la calma, el tono de voz, incluso la compostura. Diez, quizá quince segundos para elaborar la respuesta, un bosquejo; después, otro tanto para enfatizarla; después, todavía aguardamos; finalmente, plácidamente, nos giramos hacia él.
—Tú nos lo impides —lo acusamos, como quien habla a un niño, pero asimismo implacables—, sí, Gregorio, no te sorprendas, tú eres el culpable, con tus metafísicas de trastienda y mesa camilla; tú, con tu obsesión por analizarlo todo, por evaluarlo, por razonarlo; tú, con tus maniobras dialécticas a posteriori, diez párrafos después, diez meses, diez años después; pero sobre todo tú, por ese recurrente delirio mental que te incita a quedar por encima de tu interlocutor sea lo que sea aquello de lo que se discute y sea cual sea tu nivel de conocimientos al respecto. Perteneces a la raza amable pero maldita de los que no se conforman con admirar una flor, tienes que deshojarla, tienes que profanar sus recodos antes de asumir su belleza, y tienes que hacerlo con seductoras palabras, de manera que quienes te escuchan consideren que el mérito está precisamente en tus palabras antes que en lo que describes con ellas. ¿Y para qué?: no hay nada oculto o mágico en su estructura, nada te será revelado sobre sus formas o sobre su aroma arrancándole los pétalos; sólo es hermosa si la miras, si no la tocas: cuando la analizas, se convierte en artefacto; cuanto la cortas, se pudre; cuando la maceras, hiede. Deja estar: mira, disfruta y pasa. Eso es todo, y es así con todos. Nadie precisa de tu ánimo retorcido porque a nadie beneficia esa obscena inquisición que invariablemente tienes a la boca, quizá ni siquiera ti mismo. Dime: ¿qué buscas?, ¿qué pretendes?, y lo peor, ¿qué consigues? Oh, vamos: inténtalo por una vez, concédete esa oportunidad: simplemente respira, no invoques el peso molecular ni la mezcla del aire cada vez que dilatas los pulmones, no especules sobre las sustancias nocivas en suspensión ese día, en ese lugar y a esa hora, no malgastes el tiempo en venir a contárnoslo, no es sano, no puede ser sano, nadie es feliz de esa manera...
—Te puedes asfixiar.
—¿Qué?
Nos volvemos, ciertamente desorientados, como quien tropieza y se incorpora durante la carrera. Nos está mirando, con curiosidad... o con espanto: no sabemos precisarlo.
—Sí —repite—, si piensas cuando respiras, que respiras... Te puedes asfixiar. Tienes razón en eso.
No, no es curiosidad, ni tampoco espanto. Sus ojos expresan otra cosa.
—Exacto—respondemos, ganamos tiempo—, aplícate la historia.
—Digamos que es como afilar un cuchillo con otro..., peligroso.
—Si te parece.
—Aunque, reconocerás, es necesario hacerlo.
—¿Hacer qué? —nos tememos lo peor—: ¿pensar cuando respiras?
—No, eso no; me refiero a afilar los cuchillos.
—Pero otra vez, Gregorio, ¿no puedes dejarlo ya?
—En ese sentido, y no te ofendas, sólo en ése, me das lástima.
—¿Cómo?—nos volvemos por entero. Él ni siquiera nos mira: tiene la vista perdida en algún lugar de la acera, al otro lado de la calle—: ¿Qué quieres decir?
—Que perteneces al grupo de los que en alguna ocasión se cortaron afilando un cuchillo, o lo han visto o lo han oído o saben de rumores al respecto, de modo que han decidido no volver jamás a afilarlos o no utilizarlos o, peor, negar su existencia. En resumen, no pensar, ni que respiras ni que no respiras, no pensar en absoluto. Pero algo te reconozco: deshojo las flores, las ideas, los sentimientos, todavía lo hago, igual que cuando pequeño desmontaba juguetes: tú dices que para desilusionarme y por alguna suerte de perturbación ingénita; yo digo que para amarlos, desde la trama de su origen hasta el esplendor aparente con que se me muestran. No sobreviviré un segundo al día en que renuncie a hacerlo. Yo quiero las cosas precisamente por aquello de lo que están hechas las cosas, quiero quererlas aun a sabiendas de la miseria que conforma cada una de sus piezas por separado, porque yo sí creo que el todo es superior a la suma de sus partes, y porque la maravilla de ese todo se multiplica a mis ojos cuando descubro la naturaleza desolada y elemental de sus componentes. Yo amaba a mis juguetes, los amé a mi manera, o de esa manera: recuerdo una grúa enorme hecha de plástico y de hojalata con la que jugué durante años pese a tener muy presente que era de plástico y que era de hojalata, que su cabrestante se tropezaba sin cesar cuando izaba la carga o tendía a soltarse cuando la aseguraba, que los tirantes incorporados con objeto de anclar la pluma no servían para gran cosa y que la simetría de contrapesos entre la base y el brazo era falaz; me gustaba aunque conocía su impostura, le tenía cariño porque su comedia representaba el esfuerzo de otro ser humano por verme feliz, por entretenerme, y porque la mía buscaba lo propio encarnando la pasión de creerla, de hacer en mí o a través de mí realidad sus apariencias. ¡Oh, sí, me gustaba!: me gustó desde el primer momento, probablemente con mejor ánimo y con mayor sinceridad que a vosotros las vuestras, porque yo nunca la traté como a una impostora ni pensé en ella como en un sucedáneo efímero y servil, propio de mi corta edad, a la espera de ser canjeado por otro más grande o mejor construido, más capaz; yo siempre quise saber por qué era así, a qué obedecía cada pieza y cada articulación, qué realidad emulaba y por tanto cuál ocultaba, adónde llegaban sus aspiraciones, sus temores, sus atrevimientos, sus límites; de modo que la desmonté, memoricé los tornillos, las uniones, los remaches, la desmonté y volví a montarla decenas de veces, lo hice mejorando en cada una la resistencia y el equilibrio de su antecedente, hasta que conocí al detalle sus secretos y la causa original de todos ellos. Fue entonces cuando nos asociamos: creí en ella aunque sabía la verdad, sus lacras de origen, y puesto que creí en ella, el presente y su ejército de espejos delatores dejaron de mostrarse un obstáculo para nuestros deseos. Recuerdo que juntos levantamos y trasladamos centenares de objetos: tuvimos logros memorables con unas grandes botas viejas, y con una maleta, y con una silla, y con los cajones de la mesita; fue un tiempo de riesgo y de movimiento: nada en la habitación estaba seguro en su lugar ni a salvo de nuestras especulaciones sobre cómo hacerlo y hasta dónde era posible hacerlo; toda clase de recipientes, de tablas, de artefactos menores, todos padecieron por igual elevación, arrastre, transporte, todo fue sacudido, desplazado, alzado, movido, zarandeado; muchos amigos me escucharon referir sus hazañas, y muchos acudieron a contemplar el raro prodigio, y algunos a compartirlo, también a envidiarlo; después vinieron los mayores: nos veían absortos en la maniobra y se preguntaban cómo era posible que aquel mecanismo elevador tan escasamente logrado y tan débil en apariencia, al fin y al cabo un juguete, pudiese soportar cargas semejantes, y cómo yo, tan inquieto, tan inconstante, era capaz de perseverar a su lado y de hacerlo en silencio, durante horas y horas, tantos días, hasta el final.
Ahora calla un momento, respira: sigue mirando hacia al frente, hacia la otra acera, respira y sabemos que no piensa en ello, que sólo piensa en el pasado, en algún momento de su infancia. Parpadea y la luz que reflejan sus ojos se humedece, cruza los brazos sobre el pecho y pasan años bajo sus pupilas, entonces baja la mirada y continúa:
—La perdí, claro: yo crecía a mi pesar, dejaba de ser niño y nada pude hacer por evitarlo. En cualquier caso, no es difícil imaginar que cuando sobrevino el desastre ella estaba ocupada por entero en aquello para lo que vivía: mi grúa se rompió intentando levantar el armario del dormitorio: el nuevo cable de fibra con que yo había decidido sustituir el antiguo cordel, juntamente con algunos refuerzos desplegados para la ocasión, resistieron esta vez hasta el último momento, de modo que su estructura se fracturó de repente, sin darme tiempo para corregir la maniobra ni a ella para rehusarla, sin más previo que el gesto de abrirse en láminas, como un abanico, como si estuviera hecha de espigas secas, desde las escuadras de la base hasta el ápice de la plataforma, se fracturó y todo se vino abajo con un estrépito triste y pequeño sin siquiera haber logrado desplazar un milímetro al coloso. La empresa era excesiva y la derrota fue completa, pero precisamente por ello memorable: hubiera bastado una palanca, pensé entonces, contemplando las piezas destazadas, diseminadas por el suelo, una mínima ayuda para vencer el primer momento de inercia y quizá... No importa, no importó: el ruido o tal vez el silencio de mi desolación posterior nuevamente atrajeron a los mayores: les bastó una mirada superficial, arbitraria, e igual que tú ahora impusieron su dictamen: me llamaron bruto, exagerado, inconsciente..., quisieron saber qué pretendía, qué clase de entretenimiento llevaba aparejada la entera destrucción de un juguete..., todo delante de ella, de sus restos, de los fragmentos de plástico y de las planchas de hojalata retorcida que, según dijeron, parecían mirarme con el gesto acusador de las cosas inanimadas... Pero yo sé que ella me lo agradeció, yo justifiqué su existencia: se desmoronó, sí, pero se desmoronó haciendo de verdad aquello que sus semejantes en otras manos sólo remedaban: muy pocos juguetes saben de ese destino feliz, muy pocos individuos enfrentan sus sueños a la cara, despiertos, orgullosos...
La voz se le amortigua, vuelve a callar un momento, a respirar, a lanzar la mirada hacia la calle, hacia la otra acera, donde no hay nadie, no hay nadie en ninguna parte. Pasan unos segundos y reanuda el monólogo, termina, pero su voz ya es otra mientras se gira y nos mira:
—La mejor ofrenda con que puedes agasajar a un hombre es amarlo por aquello que intenta, o si lo prefieres, por aquello que aparenta; la peor, amarlo por lo que es: en el segundo caso, ninguno os moveréis del sitio, en el primero, cualquier sueño es posible. Amo a las personas por lo que tratan de ser, las amo por sus máscaras, por su maquillaje, por sus mentiras, igual que amo a los actores sólo mientras representan; y sé que mis afectos resultan más placenteros cuando me revelan sus secretos, del mismo modo que admiro tanto más un puente cuando conozco las limitaciones estructurales de aquello que lo compone, cuando descubro cómo, entrelazando material endeble, un artífice puede salvar una distancia enorme y dotar así a ese material de un valor y de unas propiedades que no tenía ni nadie imaginaba. Una casa es más que sus ladrillos, como una flor es más que sus pétalos: pero para saber realmente la calidad de ese «más» yo debería «desmontar» cada ladrillo como me es obligado «arrancar» cada pétalo. Así pues, me gustan las miserias de los hombres, deseo conocerlas, porque sólo entonces cobran verdadero valor sus empeños, sus derrotas y, a veces, hasta sus logros.
Guarda silencio; esperamos todavía, por si persevera o por si pretende hacerlo en breve o porque sí, porque nos apetece esperar, no darle opción a censurarnos por interrumpirle.
No se mueve, mira hacia abajo, a algún lugar frente a sus pies, en el suelo, y así permanece, como perplejo, quieto, en silencio.
Ha acabado, parece; también nosotros, pensamos, y no obstante decimos, nos oímos decir o provocar:
—Querido amigo..., sentimientos y retórica para negar lo evidente: que tu grúa se rompió, que tu forma de amar corre ese riesgo, que es más feliz quien menos sabe y quien menos intenta, que se es más feliz en la ignorancia, o si lo prefieres, en la inocencia. Y ahora, si no te importa, creo que deberíamos terminar...
—Di mejor que lo aparenta. La ignorancia te confina a goces inferiores, y puesto que son inferiores y por lo tanto prescriben, deben de ser reemplazados de inmediato en una suerte de búsqueda furiosa que no conduce a parte alguna fuera de sí misma. Es normal confundir el frenesí con el deleite, la satisfacción con la felicidad, el tumulto con el éxtasis, lo complicado con lo interesante, la extravagancia con el refinamiento...
—Perdónanos la insistencia, Gregorio, pero... eso mismo: sentimientos y retórica, todo por no reconocer que tu grúa se destrozó por tu culpa y que...
—Pero si hubiera podido escoger... —y se vuelve de repente, nos mira—: si las cosas inanimadas pudieran hablar, ¿crees que ella me reprocharía algo?, ¿crees que hubiera preferido otro destino?
—Sentimientos... Déjalo ya, Gregorio...
—Jamás: me hubiera vuelto a elegir, lo sé, todos ellos me hubieran vuelto a elegir.
—Retórica... Déjalo ya...
—Así que ¿qué importa el resultado? Quizá sólo en la búsqueda del conocimiento radique el placer...
—Es tarde y...
—Quizá la única verdad de un hombre sea aquella que finge...
—Basta...
—Quizá, al final, lo interesante de todo el asunto tenga que ver con cómo amas, no con lo que amas...
No contestamos claro, demasiado para una segunda cita, demasiado para un sólo café. Así pues:
—¿Gregorio?
—El amor como un ejercicio de arte...
—¿Gregorio?
—El amor es un invento del arte.
—¡Gregorio!
—¡Eh! ¿Qué?
Se vuelve de nuevo, mira como de costumbre, a través, aunque trata de enfocarnos.
—Hay un justo medio —recalcamos—, en todo, también entre el análisis y la desidia.
—Precisamente, sí, a ese respecto..., tengo que decirte...
—¡Gregorio!
—¿Qué?
—No te ofendas, pero... ¡vete al diablo!
Por fin sus pupilas se aquietan, parecen vernos: estamos en guardia, aunque no hace falta: tarda, y cuando al fin responde, o pregunta, sonríe:
—¿A cuál?: ¿al tuyo o al mío?
Sonreímos, nosotros también, al fin sonreímos.
—Al tuyo, por supuesto —le ofrecemos.
—Al mío, claro —nos consiente.
Es de noche.
Él da un sorbo al café y se deja ir sobre la silla.
Vemos que cierra los ojos, respira: le miramos hacer con cierta envidia.
Todo el mundo se ha ido: por detrás se oye, tenue, un rumor de vajilla y cubiertos.
—Cabe que un libro aspire sólo a dos lectores... —nos recuerda.
—O que se los invente... —añadimos.
Una densa voluta de humo rueda un instante frente a nosotros, después se eleva.
Es tabaco de pipa, pero nosotros no... y él ya no fuma: quizá un tercero, de paso.
Pero no vemos a nadie por la calle, sólo unas pocas sombras a lo lejos.
¿Sería un insulto confesar que somos felices?