¿Por qué se ha roto el PSOE?


Es evidente que en la vida política española existe un antes y un después. Dicho punto de inflexión se produce con el nacimiento de Podemos. Una fuerza política que en un principio fue ninguneada por los partidos tradicionales y por el poder económico y empresarial.


Tanta unanimidad resultaba insólita y sospechosa. Tal vez se intuía que estaba en peligro el organigrama político en el que todos se sentían más o menos cómodos, y no se podía permitir que nadie viniera a alterar tan apacible existencia. De ahí que esa nueva fuerza política se convirtiera en el objetivo a batir, especialmente después de aquellas elecciones europeas en las que la formación morada, con apenas unos meses de existencia consiguiese, contra todo pronóstico, cinco escaños en el parlamento europeo.


Esto iba en serio, y hubo que hacer uso de todos aquellos recursos técnicos y humanos capaces de influir en la opinión pública para frenar el fenómeno Podemos. Se consiguió, en parte. Pero Podemos había venido para quedarse y ocupar un lugar relevante en el panorama político español. Pero... ¿qué lugar?. Ese lugar estaba a la izquierda del PSOE, pero no porque se tratara de una formación de extrema izquierda, como algunos podrían pensar. Es que el PSOE, había sido arrastrado hacia la derecha debido a la influencia de su "referente moral", Felipe González. Influencia de la que todavía hoy es víctima.


La consigna era, impedir que Podemos accediera a las instituciones públicas y ejerciera el poder. ¿Cómo se explica entonces que Pedro Sánchez, tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015, pactara con Ciudadanos (partido de derechas, y con peores resultados electorales que Podemos), y no con los de Pablo Iglesias para ser investido Presidene?. No lo hizo porque esa era una línea roja que no podía cruzar sin enfrentarse a Felipe González y sus servidores dentro del partido.


Los resultados tras las segundas elecciones del 26 de Junio de 2016, dejaron al Partido Socialista en peor situación aún. Las opciones que el PSOE debía dirimir eran las siguientes: permitir gobernar al PP mediante la abstención (cosa que no gusta a militantes y votantes), forzar unas terceras elecciones (de las cuales saldrían, con toda seguridad, más debilitados), o tratar de formar un gobierno alternativo junto con Unidos Podemos (alternativa, ideológicamente más coherente).


Después de titubear durante demasiado tiempo, ésta fue, la opción preferida por Pedro Sánchez, y aprobada por el Comité Federal del partido. En ese momento, desde el poder en la sombra, se puso precio a la cabeza del Secretario General del Partido Socialista. Los posteriores e históricos malos resultados electorales en las elecciones autonómicas vascas y gallegas, fueron la excusa perfecta para acabar con Pedro Sánchez, y con él, la posibilidad de que Podemos pudiera formar parte de ese gobierno alternativo para España.


Los partidarios de la abstención para que Mariano Rajoy fuera investido presidente, liderados por Susana Díaz, logran imponerse y forzar la dimisión de su secretario general. El descontento entre la militancia socialista es más que notorio, al ver que su voto en estas segundas elecciones servirá para que el Partido Popular siga gobernando en este país. El resultado, un PSOE profundamente fracturado y literalmente roto.


Hoy domingo, 23 de octubre de 2016, en la sede del Partido Socialista de la calle Ferráz de Madrid, se ha realizado una votación (sin contar con la participación de la militancia) en la que se ha impuesto el sí a la abstención por 139 votos a favor y 96 en contra. Los militantes y votantes socialistas se sienten traicionados por la dirección del partido, tanto o más que Felipe González por Pedro Sánchez. El PSOE evita unas terceras elecciones en España. Pero habrá otras, y en ellas si podrán votar los que fueron excluidos y no pudieron hacerlo en la sede de Ferráz.


Al final, el PSOE ha sido utilizado como muro de contención de Podemos. Sacrificado para que en España, nada cambie. Pero España, ya ha cambiado, y lo seguirá haciendo, y el PSOE se habrá roto inutilmente. Tendrá que pasar mucho tiempo aún, para poder evaluar el daño que Felipe González a causado a su propio partido. Pero lo peor es que parece ser que en el Partido Socialista aún no se han dado cuenta, y para cuando lo hagan, ya sea demasiado tarde.