Siempre que echamos la vista atrás, esbozamos un "Ahhh... aquel tiempo pasado sí que fue mejor", y generalmente no erramos cuando esa vista se agacha hasta la edad en que éramos unos pitufos, las obligaciones se limitaban a no dejar nada en el plato y a hacer "los deberes" que religiosamente nuestros maestros nos dictaban a diario. Tarea ésta que, por supuesto, haríamos después de comernos nuestro bocata acompañado de Nocilla ó mortadela "Citerio".

Éramos capaces de poder estudiar con música de fondo sin perder la concentración sobre el color que tendrían las braguitas de Whigfield, soñar con la hora de terminar y jugar un partido en la calle con los amigos; partidos que podrían terminar cuando ya el sol había desaparecido por mucho y que sólo un "¡hora de ducharse y cenar!" era capaz de decir: "Chicos, tengo que irme; hasta mañana". Llegar sucios a casa, con algún que otro cardenal, replicarnos para que no cogiéramos el bocata con unas manos de color confuso y mostrar un hambre atroz después de haber quemado radicalmente el bocata de la hora de "Barrio Sésamo", marcaban el casi fin de un día que se repetiría por algunos años más.

La idea de cómo sería un beso, el primer amor platónico, el atontamiento por la niña mona de la clase (a la que sólo podía acceder el guapito y popular de turno y a la que tan sólo tú podrías adorar, de lejos, envitrinada), la percepción de ese aroma a chicle de fresa que era capaz de llevarnos al cielo y al infierno en un mismo segundo, el "verdad, mentira, consecuencia o beso" típico en los campamentos, el último paseo por la orilla de la playa con tu grupo de amigos de veraneo un día antes de partir a la rutinaria vida real, la primera vez que compartes tu mano con la de alguien y piensas que será para siempre, el primer baile y ese beso, con el que tanto habías soñado, termina haciéndose de carne y hueso.

Antes las caídas dolían menos y éramos menos tendenciosos a llorar; la figura de nuestros padres quedaba jerárquicamente definida y acatábamos a primeras sus instrucciones; nos sabíamos dependientes y éramos poco dados a deprimirnos hasta el punto de plantearnos el suicidio, como por desgracia ocurre hoy. Nos sabíamos niños con ideas de niños, no adultos encerrados en cuerpos de mocosos. La imaginación era ilimitada, mucho más de la que nos quiere regalar Internet, que a fin de cuentas es una manzana podrida para nuestra propia fantasía; antes no estaba todo inventado y nos volvía locos crear proyectos con algún robot capaz de moverse o, tan sólo, de decir "hola". Hoy en día, si ese Robot no es tu psicólogo particular o es capaz de bailar "Batuka" 48 horas seguidas, es algo no "in".

No puedo negar que se me ha quedado una sonrisilla al recordar estos momentos, aunque también un leve nudo en la garganta. La vida pasa, los años caen y cada vez pesan más, pero no olvidemos que cuando tengamos 20 primaveras más, hoy será ese momento echado en falta, añorado y querido al que nos gustaría llegar otra vez.