Hermoso.
Llegas a resultar entrañable. Un capullo como tu. Y es que la letra tiene eso, enternece.
También fuí carne de internado, claro que a 2.000 km de mi casa. Supongo que el viejo se cansó de ir a buscarme a la copa de los laureles de indias del Parque García Sanabria, donde siempre terminaba al escaparme del colegio para evitar las ostias que Don Domingo, armario-director del colegio, me aventuraba mientras pausadamente se quitaba el sello de oro (detallazo), y de donde no me bajaban ni las promesas ni las amenazas, sino el hambre y el sueño.
¿Y sabes? Yo he olvidado, no sólo he perdonado, a aquellos curas de cogotazo fácil, verbo pausado y manos frías. No fué fácil al principio, hasta que caí en la cuenta de que no rememorar conduce al olvido. Aún hoy en día, en las contadísimas ocasiones en que coincido en la península con algún ex-compañero, evado el tema sobre el padre tal o el hermano cual.
Me quedo con el compañerismo, con las penurias, las soledades y las miserias que compartimos un puñado de críos alejados del calor de un verdadero hogar. Con la rabia contenida, las lágrimas, la vergüenza, las trastadas, las risas...con todo aquello que va forjando un carácter y una determinación.
Y los he perdonado y olvidado porque esa es, precisamente, la mejor revancha, la más dulce venganza. No dar pié nunca más a "te acordarás de mi toda tu vida" o "esto no lo olvidarás nunca".
Tres meses atrás fallecía un viejo amigo, de los que tienes desde la infancia. En los últimos meses de su vida, aquejado de una enfermedad incurable que muy pocos conocíamos, su carácter se agrió hasta el extremo de gastarnos putadas de la más variada índole a todos los que le rodeábamos. De acuerdo al modelo preestablecido, había que perdonarlo, entender su dolor por abandonar tan jóven este mundo, por no poder ver a sus hijos crecer, por perderse tantas y tantas cosas, buenas y malas, que conforman esto que denominamos vida.
Mientras le incineraban pensé que quién carajo era yo para perdonarlo, para destrozar así su legado. Listo como era, me había dejado un tesoro. Sus putadas, todas sus malas acciones, fueron su último regalo. Algo que forzaba el constante recordar con mucha mayor pasión que un simple perdón y a pasar página. Un hilo maligno asociado para siempre con los miles de buenos recuerdos.
No lo perdonaré ya nunca. No quiero. Y estoy seguro que así lo quería él.
Saludos


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- como Asimov juegan con las historias de la iglesia primigenia y la copta para relacionar cosas, para explicar como novela o como historia y como cogieron de todas partes para eliminar lo menos adecuado y tomar lo que mejor diera forma a la Iglesia católica concilio tras concilio.
